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CAPÍTULO 5

EL HOMBRE


Nosotros somos nuestro gran enigma, y es así en cuanto no tenemos idea clara, no solamente de nuestra propia naturaleza, sino tampoco de todo el sistema vivo y no vivo que nos rodea. Diversos aspectos característicos nuestros nos pueden ofrecer algunas referencias interesantes. Somos una especie guerrera, al menos no hemos dejado de mantener guerras sobre la superficie terrestre desde el neolítico. También se da un fuerte componente científico y tecnológico en nuestra cultura. Por otro lado la creencia en la existencia de un sentido en el Universo, percibido a través de las religiones, es una constante de las culturas humanas. La carrera espacial es otro factor que incluso no llega a ser comprendido por muchas mentes lúcidas de nuestro tiempo, pero sin embargo está ahí. Un desmedido gasto en oposición lógica con la desigual distribución de la riqueza que mantiene en la miseria, cuando no en el hambre, a una parte importante de la humanidad. Todos estos factores sostienen una fuerte interacción entre ellos y quizás sean claves para comprender el gran enigma....

El hombre pertenece al orden de los primates, grupo de mamíferos caracterizados por tener las manos -y a veces también los pies- prensiles, pulgar oponible a los demás dedos, órbitas sobresalientes hacia adelante y notable desarrollo del cerebro.

El siguiente gráfico muestra en términos de divergencia la distancia dentro de este orden. Las unidades que aparecen lo son de divergencia. Así la distancia entre el hombre y el chimpancé es de 1 en comparación con la distancia entre los monos del nuevo mundo y los antepasados comunes de los monos y los antropoides que es de 7.

DIVERGENCIA DENTRO DE LOS PRIMATES

 

Los orígenes

Si Darwin estuviera en lo cierto, posiblemente hace 10 millones de años un homínido hoy en día desconocido (el eslabón perdido) habría comenzado la evolución humana. Este supuesto eslabón se apartaría de la línea que daría origen al chimpancé y al gorila hace aproximadamente unos 4 millones de años. Se supone que su capacidad cerebral sería escasa, no superando los 350 cm
3 y que al andar se apoyaría en los nudillos. Presumiblemente la única tecnología poseída por este organismo consistiría en manejar algunas ramas que podría transportar en los nudillos mientras andaba.

Posterior al teórico eslabón perdido, hemos encontrado en el registro fósil una forma homínida que vivió hace unos 4 millones de años en Africa. Clasificado como Australopithecus, tenía una capacidad craneal de 450 cm
3. Poco más tarde a su aparición surgían los primeros instrumentos líticos fabricados de silex y piedra tosca. El Australopithecus andaba ya en bipedestación pero su postura no era totalmente erguida.

Hace aproximadamente 1,5 millones de años aparece el Homo erectus cuya postura era totalmente erguida gracias a una pelvis moderna. Su cráneo y mandíbula son totalmente primitivos, alcanzando una capacidad craneal de 850 cm
3 . Sus instrumentos líticos están trabajados por las dos caras y constituyen lo que hemos llamado la industria lítica acheliense.

100.000 años antes de nuestro tiempo, aparece el Homo sapiens en forma de hombre de Neanderthal -Homo sapiens neanderthalensis-. La forma del cráneo de éste no es totalmente moderna, pero su capacidad cerebral es comparable a la del hombre actual. Sus instrumentos líticos, más perfeccionados que los achelienses, constituyen la industria musteriense.

Hace 40.000 años aparece el Homo sapiens, de cráneo menos robusto, y de capacidad craneal algo menor; fabricaba ya algunos instrumentos de tipo ceremonial como hojas y estatuillas. Su industria es más perfecta y ya elaboraba agujas, arpones y punzones.

En todo este proceso evolutivo se muestra una correlación entre el aumento de la capacidad craneal y una mayor capacidad de fabricar instrumentos cada vez más perfectos. No podemos demostrar directamente que el cerebro contenido en cajas craneales más pequeñas era también más pequeño, sin embargo esta relación parece lógica. El hombre habría desarrollado paralelamente el cerebro, su órgano comprensor del mundo y sus manos, los órganos constructores de estructuras tecnológicas.

El problema de la determinación del origen del hombre responde a la tipología general de todo el conocimiento humano. Sherwood L. Washburn expone que las ideas sobre la evolución humana se basan en datos muy poco fidedignos y que lo que -al menos teóricamente- debería ser un sencillo problema como determinar el origen geográfico del hombre, bien sea africano, asiático u otro, está a la espera de más pruebas de las existentes. No obstante el hombre debe utilizar su razón para encontrar explicaciones lógicas. Otro problema es que cuando hay más de una explicación lógica, como máximo sólo una puede ser verdadera y resulta muy difícil, si no imposible, saber cuál es.

Otra vez el azar...

Para un conjunto notable de autores el hombre es fruto del azar; en concreto para Ruiz de Gopegui es más una casualidad cósmica que una necesidad biológica. Este autor divide la evolución del Universo en dos fases diferenciadas: la atomicaquímica y la biológica. En la primera las leyes deterministas de la física juegan un papel determinante, los sucesos casuísticos también intervienen pero lo hacen relegados a un segundo término, y la materia se ordena disfrutando de un número pequeño -en términos relativos- de grados de libertad. En la fase biológica el azar es el que juega el papel preponderante, las leyes deterministas de la física quedan relegadas a un segundo término y los grados de libertad bajo los cuales se ordena la materia animada se hacen prácticamente infinitos, de este modo la diversidad biológica alcanza valores muy altos. El modo de pensar de este autor da un papel importantísimo al azar.

La tecnología...

La inteligencia humana, una característica intrínseca del hombre, es algo más que una propiedad aislada del resto del cuerpo humano. La existencia de grandes cerebros no implica que en ellos resida la inteligencia. Las ballenas y los delfines poseen grandes cerebros desde hace 35 millones de años y sin embargo carecen de inteligencia. La inteligencia no es consecuencia de la aparición de un órgano muy bien dotado, sino que proviene de la interrelación de varios órganos: el cerebro, los ojos, los oídos, los órganos vocales, las manos. Con las manos se pueden fabricar instrumentos y aplicar fuerzas.

La historia del hombre está ligada a su tecnología. Tanto su prehistoria como su historia se puede datar perfectamente por el acceso que ha tenido a la fabricación de artefactos cada vez más sofisticados. La edad de piedra, la de bronce, la de hierro, no sólo han implicado el huso pacífico de estos materiales, sino que los pueblos que han accedido a las mejores armas han dominado a los otros.

Para conseguir niveles tecnológicos complejos el hombre no sólo ha necesitado de sus manos, sino que ha sido fundamental e imprescindible para él dominar el fuego. La edad del bronce y del hierro van ligadas a las temperaturas que en ambas épocas se pudieron alcanzar en los hornos mediante el uso del fuego. Con toda probabilidad el lector habrá experimentado alguna vez el poder de seducción del fuego. El hombre es capaz de pasar horas y horas mirándolo. El fuego atrae al hombre; sin embargo repele a los demás animales. El fuego da forma a los instrumentos tecnológicos, pero sin embargo también parece que ha dado forma al hombre. Así la posesión de un mentón prominente se explica porque los dientes han perdido tamaño puesto que con el fuego los alimentos se cocinan y no son precisos dientes tan poderosos; éstos se han reducido y como resultado el mentón es más grande de lo necesario para sostener la dentadura humana.

Aunque pensemos que estamos en la era atómica o en la espacial, sin embargo los humanos seguimos en la edad del fuego, puesto que los artilugios de media, baja o alta tecnología necesitan del fuego previo a la forma.

La guerra

Por otro lado la tecnología va unida a la guerra. Es posible que el aspecto más interesante del hombre para un extraterrestre fuera su capacidad para hacer la guerra. El hombre es guerrero y habría que considerar si se puede ser guerrero en la naturaleza sin estar programado, pues no hay cosa de peor gusto ni más horrible. Sin embargo en las sociedades pacíficas -que tienen la suerte de estar en paz de momento- se celebran fiestas referentes a batallas y otros hechos guerreros para resaltar la propia identidad y las diferencias con otros pueblos y situaciones históricas.

Courtin escribe: "
La guerra ha existido muy anteriormente a la agricultura y a la ganadería, e independientemente de éstas, en la mayoría de las poblaciones de cazadores-recolectores del Viejo y del Nuevo mundo, ya sean mesolíticas, subactuales o contemporáneas. No obstante estos conflictos nacidos casi siempre de la acumulación de los bienes de consumo y por consiguiente, quizá más frecuente a partir del Neolítico, permanecieron a una escala muy modesta, que en realidad apenas justifica el término «guerra», hasta la aparición de las armas de metal, las únicas que han podido dar a la guerra su verdadera dimensión y su temible aspecto. Desde entonces, cual planta venenosa y maléfica, no ha cesado de extenderse y de emponzoñar la Tierra".

Otro aspecto interesante es que el hombre tiene unas capacidades intelectuales que hacen la guerra lógica. Tito Livio (59 a.d.c.- 17) historiador romano escribió : "
La guerra es justa para aquellos a quienes es necesaria, y son sagradas las armas de aquellos a quienes no queda otra esperanza." También Luis XIV dijo: "La guerra, cuando es necesaria, no sólo es una justicia permitida, sino una obligación realizarla; pero es una injusticia cuando se puede pasar sin ella y es posible obtener el mismo fin por medios suaves."

Lo que estas frases denotan es que siempre hay un punto en el que la razón humana no sirve para evitar la violencia. Ambos coinciden en que hay ocasiones en que la guerra es justa indicándonos por un lado una limitación del hombre y por otro una condición que arrastra: el hombre es un animal guerrero. En esta línea vienen las palabras de Ambrose Gwinnet Bierce (1842-1914), escritor y periodista estadounidense que dijo: "
La guerra es un método de desatar con los dientes un nudo político que no se puede desatar con la lengua.". De otro modo, cuando las palabras no sirven, que siempre hay ocasiones en que no sirven, sirve la guerra.

La guerra, en términos energéticos, es más esforzada que la paz. En la guerra los combatientes se esfuerzan al máximo, poniendo en peligro sus vidas de tal modo que en muchos casos las pierden. Gastar más va contra la ley del mínimo esfuerzo, y para ir contra esta ley debe existir un condicionamiento orgánico. Este condicionamiento debe existir y desde este punto de vista la guerra vendría simplemente con que un pueblo se sentara a esperarla. La guerra sería un principio activo del hombre y la paz quedaría restringida a un período intermedio entre guerras en la que los pueblos recuperaran fuerzas.

Desde este punto de vista la búsqueda de la paz sería la conducta que iría contra corriente, la guerra sería lo natural. Es necesario ser activo para mantener la paz, porque en ésta se encuentran los gérmenes de la guerra. Las diferencias lingüísticas, religiosas, culturales, económicas, el choque de intereses, el instinto agresivo, todas ellas propiedades humanas y por tanto naturales al hombre, nos hacen vivir en un planeta que decimos que está en paz cuando existen en él una docena de guerras declaradas.

Nada ha potenciado más la tecnología en la historia del hombre que la guerra. La misma penicilina que fue descubierta en 1929, no fue desarrollada hasta los años de la segunda guerra mundial; se ha dicho que con objeto de llevar más pronto los heridos al frente, una vez recuperados. Todos los aspectos del conocimiento humano son potenciados para la guerra con presupuestos económicos que de otro modo no pudieran soñar ni los científicos más optimistas, desde la psicología a la electrónica, desde los explosivos a la genética, desde el átomo al espacio exterior. Parece ser que sin la guerra estaríamos todavía en las cavernas.

Ciencia y religión. Una cuestión de tener fe en la ciencia, o de no necesitar la ciencia para tener fe.

El conocimiento es o produce un almacén de información, y la información es poder. En la lucha humana por el poder se tiende a incrementar los conocimientos en competencia con otros. Pero no sólo a aumentarlos, sino a aplicarlos, a invertirlos en tecnología. El poder y la tecnología se confunden en una sola imagen, y la lucha entre poderes lleva al desarrollo de las tecnologías.

Junto al lenguaje, al que ya se ha dedicado un apartado, dos de los fenómenos característicos del hombre son la religión y la ciencia. Aunque en un principio pudieran ser considerados como antagónicos, guardan entre sí una serie de notables similitudes. Ambos constituyen sendos cuerpos de conocimiento humano, dos intentos de conocer y situar la naturaleza del hombre dentro del Universo, que a partir del lenguaje tienden a utilizar la razón con todas sus limitaciones en la búsqueda de respuestas ante la problemática vital de nuestra especie en el marco universal.

Aunque muchos autores tienden a oponer ambas fuentes de conocimiento, sin embargo otros no consideran oportuno hacerlo. Así Paul Sabatier escribe: "
Contraponer la ciencia con la religión es cosa de gente poco experta en uno y otro tema." En general los científicos tienden a comenzar planteando cuestiones puntuales para terminar abordando temas globales y a menudo intentando realizar incursiones en las problemáticas teológicas. En palabras de Max Plank: "Para las personas creyentes, Dios está al principio; para los científicos al final de todas las reflexiones".

Esencialmente existe una diferencia metodológica y de principio entre la religión y la ciencia. En la primera se antepone la fe, un principio basado en la creencia, en un conocimiento intuitivo de las realidades, que existe, se desarrolla y estimula a partir de determinadas técnicas y con la fuerte influencia de las tradiciones y de los legados que han transmitido determinadas personas que han vivido experiencias religiosas.

Sin embargo la ciencia se fundamenta en la duda que frente a un problema el científico plantea. De este modo, al intentar eliminarla por métodos racionales y acudiendo a la experimentación siempre que sea posible o a la constatación de claves lógicas a partir de los datos que se muestran en el entorno y su tratamiento mediante modelos logico-matemáticos es posible, en muchos casos, enunciar una clave racional en el fenómeno.

Es evidente que la ciencia mantiene un contacto más cercano con los desarrollos tecnológicos que la religión. La ciencia trata de cerca los problemas modernos de las sociedades, pero en las cuestiones comunes al hombre a través del tiempo, tal como la moral individual y social, la muerte, la angustia vital, etc. las posturas religiosas representan una opción válida para muchos, que pueden ser rechazadas en función de la libertad humana en elegir una opción y en la ausencia, en muchos casos, de verdades taxativas.

La religión es un fenómeno universal a todos los pueblos y sociedades que, con variantes culturales, demuestra el condicionamiento de la naturaleza humana a mantener este tipo de vivencias.

Religión y ciencia tienen sus aspectos negativos derivados de la naturaleza humana de quien las sustenta. Las distintas religiones han sido factores de divergencia entre los pueblos, que en muchos casos han servido como un motivo más para empujarlos a la guerra, o bien para mantener sistemas políticos de dudosa legitimación moral.

La ciencia, que por otro lado se ha querido mantener al margen de cualquier toma de postura moral, tiene sin embargo una larga historia de servilismos ideológicos, políticos y económicos, y de creadora de armas terribles al servicio de las más crueles guerras, que hace dudar de su pretendida asepsia. Mark Walker, profesor de Historia en el Union College de Nueva York, ha escrito: "
Es evidente actualmente que la ciencia en general, y la física en particular, están politizadas. Entre el comienzo de la primera guerra mundial y el fin de la segunda, se asistió a una politización irreversible de la ciencia en Alemania. Esta politización empezó con una publicidad excepcional de la teoría de la relatividad de Einstein y terminó con la carrera de armamentos nucleares. Aunque Alemania fue el primer país en experimentar una tal politización, no tardaron en seguirle otros países. Despues de Hirosima, la ciencia estuvo politizada en todas partes".

Distintos filósofos han planteado objeciones importantes al corpus de la ciencia, y a mi entender dotadas de suficiente razón. En un ensayo publicado en Nature en 1987, dos físicos se quejaban de que el escepticismo público hacia la ciencia no dejara de crecer. Atribuían esta tendencia a cuatro filósofos que habían atacado las ideas tradicionales de verdad y progreso científico: Karl R. Popper que propuso que las teorías no pueden ser probadas sino falsadas; Imre Lakatos, que sostenía que los científicos se niegan a aceptar pruebas que vayan en contra de sus teorías; Thomas S. Kuhn, que arguye que la ciencia es una actividad más política que racional; y Paul Karl Feyerabend que habla de la tiranía de la verdad.

Según éste último los científicos desarrollan y sostienen sus teorías irracionalmente, puesto que no hay normas generales por las que establecer la verdad. "
Todo vale", dice. Para él en el desarrollo de un argumento cuenta más la retórica que la verdad, la verdad misma es un término retórico. En palabras suyas: "El mundo es realmente abundante y no hay cometido que no trate de recortar esta abundancia. Para empezar el sistema perceptivo lo recorta, o no podríamos sobrevivir. Y ahora científicos y filósofos la recortan aún más. Un aspecto del pensamiento humano que está amenazado es la convicción -que toma cuerpo en la religión- de que el Universo tiene un porque trascendental". "No puede ser que el Universo simplemente haya hecho ¡pum!, y haya seguido a partir de ahí, desarrollándose. ¿Hay algo más? ¡Tiene que haberlo!".

Desde un punto de vista didáctico-metodológico hibridar ambos métodos no es correcto. Los principios fe-duda son incompatibles desde el campo científico y detectar la creencia dentro de un proceso lógico-científico invalida pretendidas certezas en las conclusiones. El científico deberá siempre advertir que cree algo. Sin embargo desde el punto de vista religioso el razonamiento llevará al sujeto a primar la fe sobre la duda manifestada.

Previamente al nacimiento de la ciencia el hombre tenía respuestas sobre su propia naturaleza, que surgían ante sensaciones que le condicionan y que le llevan a preguntarse cuál es su papel en el mundo, en el Universo, y que hay más allá, en esa dirección que nos rebasa como seres vivos. Las distintas religiones ofrecen una respuesta común: existe un presentimiento una especie de concepción de algo que nos rebasa y en lo que estamos integrados.

Bajo reflexiones teológicas no sabemos qué es Dios. Evidentemente este concepto está más allá de nuestra razón, en un punto, al que si queremos llegar debemos tomar una opción y decidir si creemos en él o no. Nada puede ni demostrar ni negar racionalmente su existencia. Sin embargo sí existe un mecanismo común que nos hace intuir a los hombres algo. No es tampoco homologable la creencia en Dios con la pertenencia a una religión; muchos hombres no son practicantes y sin embargo confiesan su creencia en un ser superior, y otros que incluso han podido manifestarse ateos han apelado a Dios en momentos críticos. Podríamos pensar que la creencia en un dios o dioses pertenece a nuestro inconsciente colectivo postulado por Jung, aunque la causa por la que se encuentra esta idea en nuestro subconsciente sea discutible. La intuición de un ser o estructura superior con la que nos encontramos integrados es bastante difícil negarla.

Se podría pensar que el germen del concepto de dios nos viene heredado evolutivamente a partir de la estructura social de grupos de mamíferos en los que existen machos dominantes. Este tipo de jefes de grupo ejercita su autoridad, a la vez que da orden al grupo y mantiene su cohesión. El hombre habría "humanizado" y racionalizado esta conducta y habría extrapolado el macho dominante al más allá, de tal modo que a la hora de producir una visión cosmogónica la habría impregnado con estos tintes heredados genéticamente. Sin embargo también nuestra razón podría haber eliminado esta creencia y no lo ha hecho. Por otro lado esta visión del Universo como el dominio de un macho dominante no parece ser general, el budismo, por ejemplo, ha sido definido como una religión sin dios. Las religiones animistas creen en una integración del hombre en la naturaleza, que sus muertos están en los árboles y en las aguas de sus ríos, formando parte de la Tierra que habitan.

La religión, un presentimiento de una realidad superior

Es posible que en las religiones afloren a modo de vagos presentimientos ideas que pudiéramos haber percibido subliminalmente, referidas no sólo al mismo hombre, sino también a un sistema superior del que pudiéramos formar parte, pero que con el uso de nuestra limitada razón no hemos podido descifrar correctamente.

¿Puede ser la religión un continente cuyo contenido son intuiciones de un sistema superior al que pertenecemos, al que no somos capaces de percibir en su realidad, pero que llega a nosotros desdibujado en un conjunto de difusos presentimientos que nos han hecho interpretarlo de manera distinta a los diferentes pueblos, pero con unas características básicas comunes?

Para Wittgenstein lo místico mostraba una realidad a la que el lenguaje no puede acceder. En palabras suyas "
lo inexpresable, ciertamente existe. Se muestra, es lo místico".

La palabra religión viene de
religare -ir al origen-. Parece ser que los primeros dioses que el hombre adoró eran femeninos. Las primeras estatuillas que hemos encontrado en hallazgos arqueológicos, y a las que les suponemos el papel de diosas, eran mujeres. El hombre adoraba a diosas, porque veía en la mujer el origen de la vida. Incluso en religiones como la cristiana, de marcado carácter sexista masculino, la figura de la Virgen María toma un carácter extraordinario, a pesar de no ser dios, ni un miembro de la Trinidad. Sin embargo en el dolor, en la pena y en la soledad siempre nos acordamos de nuestra madre, nuestro origen, e incluso la figura del padre sufre -desde mi punto de vista- una marginación extraña.

El origen y el fin, el principio, la fuente, el destino, el más allá, el significado de las cosas, el todo, la parte, y nosotros aquí matando y muriendo, guerreando y luchando, amando y odiando, engañando y engañados. ¿Y para qué?

Objeciones similares a las que podemos poner al concepto de especie, como unidad de referencia para conocer la evolución, es aplicable para el concepto de dios y la percepción de la cosmogonía. Un examen racional de la religión plantea un problema primordial: no sabemos qué es Dios, y a su vez él es la referencia nuclear dentro del campo de la fe. Si no sabemos qué es Dios, el error que arrastramos al definirlo va a impregnar todo el saber al que la religión nos puede llevar. El mensaje religioso va a ser como mínimo tan confuso como confusa sea la referencia más importante y básica, siendo ésta Dios. Tengo la impresión de que cuando escucho manifestaciones religiosas sobre aspectos cosmogónicos se me está transmitiendo una imagen borrosa de la realidad, pero que la realidad está contenida en ese mensaje. El hecho de que la realidad se nos muestre borrosa es lo que hace que al interpretar la imagen, existan diferentes posibilidades, y que cada religión transmita una imagen pretendidamente clara de una visión obligadamente borrosa. Entre el complicado mensaje que nos transmiten las religiones debe haber una parte fruto del error humano en la apreciación de las realidades, sin embargo hay una parte que sí debe ser real. Cada una de las religiones es inconsciente sobre cuál de las partes de su discurso es más real que otras, y sin embargo debe existir esta diferencia entre las partes de su discurso.

No obstante la parte real del discurso cosmogónico, perteneciente a cada una de las religiones, debe tener más probabilidades de encontrarse en otras, y debe constituir a modo de un factor
cuasi común del conjunto de ellas.

El hinduismo es una religión con 3.500 años de antigüedad. En realidad el nombre con el que la conocen sus practicantes es
Sanatana dharma, cuyo significado es "el orden eterno". En origen conciben un dios principal e inmutable, Brahma, cuya percepción se mejora con la existencia de una trinidad la trimurti, constituida por Brahma, dios creador, Visnu conservador y Siva destructor. De este modo vemos reflejado en la cosmogonía hindú tres principios universales, el principio de conservación, el de creación y el de destrucción. Existen tres conceptos fundamentales: el dharma que es la estructura fundamental que da unidad al mundo, el kharma o responsabilidad que cada individuo acumula según sus actos, y el samsara o reencarnación de las almas. En otras palabras para moverse en un escenario en el que existe un principio conservador, otro creador y otro destructor, es necesario que éste esté estructurado; es necesario realizar acciones positivas para alcanzar una solución satisfactoria en un proceso de continuas reencarnaciones inevitables.

El budismo, con 2.500 años de existencia, puede definirse como una religión para santos que no posee dioses. Esta religión sostiene que el hombre vuelve a nacer, es decir: renace, frente al hinduismo que se limita a hablar de la reencarnación. Los individuos pueden librarse del castigo eterno de las continuas e infinitas reencarnaciones a través de la consecución del nirvana, una especie de consciencia cósmica diluida en la nada, que se obtiene mediante el perfeccionamiento conseguido a través de las diferentes vidas. El canon budista mahayana considera incluso al ascetismo personal como un simple medio para llevar la salvación a todo el Universo. El budismo arrastra conceptos referentes a conciencias cósmicas y salvaciones universales. En su corpus el budismo parece percibir a un hombre con un destino en un Universo estructurado.

El animismo no es una religión, sino un conjunto de religiones propias de las sociedades tribales de los pueblos indígenas de África y América. Para los animistas toda manifestación de la naturaleza tiene alma, bien sea montañas, árboles, pájaros. El alma constituye la vida del cuerpo y se identifica con la sangre, la respiración, la luz, el fuego, etc. La muerte no se contempla como el fin de la vida, sino como tránsito para volver a la vida y renovarse. Para el animismo no existe trascendencia, es decir
el hombre no posee un destino o finalidad independientemente de la naturaleza, es a la vez modelo y parte integrante de ella. En el animismo existe un Ser supremo que se diluye con la creencia de los individuos en espíritus.

En Norteamérica llegaron a hablarse 200 lenguas indias diferentes, curiosamente ninguna poseía un vocablo para definir la religión. Para el indio todo lo que le rodeaba era vida, naturaleza y por tanto religión, no se podía diferenciar la religión del resto. Poseían una concepción monoteísta, dándole al gran espíritu distintos nombres, según su cultura, los pies negros, arapahoes y cheyenes los denominaban Manitú, los iroqueses lo llamaban Orenda mientras que los shoshones lo conocían como Tam Apo.

Es evidente que todas estas religiones animistas tienen una gran identificación del destino del hombre con la naturaleza. Existe una cierta variedad al considerar cuál es el lugar dónde se ubica el más allá para estas religiones, pero para la mayoría de ellas se encuentra en un lugar alejado, algunas incluso hablan de más allá del Sol, en el cielo o entre las estrellas.

Para la milenaria filosofía china el camino de la sabiduría conduce a la inmortalidad. El taoísmo y el confucionismo mantienen entre ambos 350 millones de creyentes. El taoísmo es más propiamente dicho una religión que el confucionismo; éste último más bien es un conjunto de normas morales sin credo ni culto. Ambas corrientes asumen el tao, un camino, un principio supremo que conlleva una virtud, el tao-te. El hombre debe asumir a través de un proceso paradójico llamado wu-wei, la no acción o no interferencia en el curso natural de las cosas. Taoísmo y confucionismo también asumen la existencia de un ritmo cósmico influido por el yin y el yang, ambos complementarios entre sí, y además la existencia de la analogía entre el macrocosmos y el microcosmos.

Resulta interesante la conclusión de no interferencia en los avatares del mundo.
El hombre no debe interferir, no debe oponerse al curso normal de las cosas, y esto puede ser aplicado a la naturaleza. El sistema mantiene un ritmo cósmico y además muestra una influencia el macrocosmos, o estructuras de orden superior, sobre las estructuras del orden inferior o microcosmos.

El judaísmo, cristianismo e islamismo, son tres religiones claramente emparentadas. El judaísmo es una religión minoritaria que ha dado origen a las otras dos citadas, puesto que Cristo era judío y el Islam asume a Cristo como uno de sus profetas. La Biblia judía es una colección de libros sagrados referentes a diversos temas y en los que se citan frases muy interesantes e historias sugerentes. En el
Evangelio de San Juan se dice "En el principio fue el verbo", y en el Génesis que Dios habló e hizo que al hablar se creara el mundo. ¿Nos está diciendo que al principio era la palabra, el mensaje, un código genético-holográfico que poseía un ser vivo primitivo con toda la fuerza como para generar a la naturaleza tal como la conocemos? No digamos ya del mito del arca de Noé, una nave que lleva la vida en su seno para evitar que ésta se extinga. Incluso parece ser que el mito de Noé existe en otras religiones.

El catolicismo asume que el hombre es el dueño de la creación, y que debe utilizar la naturaleza para alabar a Dios, pero a su vez que
el hombre es un servidor de Dios. El fin es la resurrección de los cuerpos y de las almas. ¿Dónde?

Un mensaje claro recibido por los fieles católicos es que
aquel que siga el camino marcado por Dios irá al cielo, y el que no lo siga se consumirá en el fuego del infierno. Sin embargo explicar donde está el cielo o el infierno es problemático, aunque es evidente que en toda la iconografía el cielo siempre se identifica con un lugar situado lejos del suelo que pisamos, por encima de nuestras cabezas, apareciendo representado en los techos de las iglesias entre nubes donde se suelen situar los ángeles. Sin embargo hay un cielo más lejano.

Tanto el cristianismo católico, como el llamado protestantismo, como el Islam sostienen
la trascendencia del hombre. En el cristianismo el hombre alcanzará la gloria y en el islam el paraíso más fantástico y delicioso jamás imaginado por religión alguna. El hombre puede alcanzar el cielo o el paraíso. ¿Es una idea subliminal de que la vida puede sobrevivir mediante la colaboración del hombre?

Tanto el cristianismo como el islamismo asocian el infierno al fuego. En el primero los pecadores se condenarán al fuego eterno. En el islam los manifiestamente injustos irán a parar al infierno -en el otro extremo de los siete cielos y las siete tierras- conducidos por el ángel Azrael, para reunirse con Satán o Iblis, jefe de los demonios. ¿Se están refiriendo a la destrucción de la Tierra por el Sol?

Es evidente que todas las religiones dan una interpretación cosmogónica, en la que de una u otra manera sitúan al hombre. Probablemente no hay nada más fácil que sacar palabras de contexto y darle la interpretación que le interese al autor, más aún cuando al escribir nadie te rebate antes de que la obra esté concluida. Sin embargo a mi juicio es demasiado evidente que las religiones poseen intencionalidad cosmogónica, que a
priori no tendría por qué existir, y sin embargo existe. Sugiero que la razón de esta existencia podría ser un acceso intuitivo a la finalidad del sistema superior del que formamos parte. Sin embargo quiero en este momento volver a recordarle al lector que esta obra admite en todo momento que lo aquí propuesto, como todas las teorías científicas, no es plenamente demostrable, que como mucho se puede mostrar coincidencias entre los planteamientos lógicos y los hechos, pero que en todo caso la intención del autor es someter al lector a un juego de ideas lógicas y a una pregunta ¿está la vida embarazada?

Todas las religiones conciben de alguna manera un modo de existencia distinto al que en este momento se encuentra cualquier ser vivo, bien sea en el cielo, en el infierno, fundido con el Universo en el nirvana, en otra reencarnación, en los árboles y las aguas, todas como factor común perciben algo más allá de la muerte. Unas religiones creen en la trascendencia del ser humano, es decir sitúan el futuro del ser trascendido en un lugar distinto e incomparable al que se ha desarrollado la vida, sería el cielo de los cristianos o el lugar donde el budista existe tras alcanzar el nirvana. El mismo Buda dice apenas nada del nirvana quizás porque el lenguaje humano es inapropiado para describirlo. Otras, como las animistas, sitúan a los espíritus en nuestro mismo mundo, en las aguas, en los árboles, en nuestro entorno, no son trascendentes, aunque el objetivo en algunas de estas religiones esté en otro lugar del Universo.

Podríamos pensar que esto solamente se debe al hecho de una determinada racionalización del instinto de supervivencia. Sin embargo desde el punto de vista rigurosamente científico no podemos desconocer que dentro de las unidades sistemáticas individuo y especie, existen estructuras perpetuadas como los genes que a través de millones de generaciones subsisten. Pensemos en el código genético puesto que desde nuestro origen común todos los seres vivos poseemos el mismo código; que además ha sobrevivido a la extinción de más del 99,9% de las especies en las que ha estado contenido, y a todos los individuos. La perpetuación del orden biológico a través de diferentes generaciones no es un capricho para la vida sino una necesidad, puesto que la desaparición del orden implica la desaparición inmediata de la vida. Ha sido analizada una enzima implicada en el metabolismo del azucar, presente en toda la escala evolutiva: la triosa fosfato isomerasa. Podríamos decir que las bacterias y nosotros comenzamos a separarnos en el arbol evolutivo hace 1400 millones de años, sin embargo esta enzima constituida por poco más de 200 aminoácidos, al ser analizada en el colibacilo y en el hombre, es idéntica a la nuestra en un 46,1%. Es decir analizando la identidad y la posición de los aminoácidos, prácticamente encontramos una semejanza por cada diferencia, tanto en la molécula como en los genes que la determinan, a pesar de haber divergido durante 1400 millones de años. Al comparar la misma enzima del hombre con la del pollo el grado de identidad es del 89,5%, y con el conejo del 98,3%.

Por otro lado, otro factor común es la creencia en una estructura superior, que se muestra como un dios, como un Universo con el que te puedes confundir en el nirvana, o como un entorno natural que es algo más de lo que se nos muestra materialmente, como en el animismo; es también indiscutible.

No obstante la naturaleza de esa estructura superior se ha mostrado, y se seguirá mostrando inasequible, como ya he referido anteriormente quizás sea una defensa de esa estructura para no ser dañada por estructuras inferiores.

La gran mayoría de las religiones parten de la creencia en entidades superiores y basándose en ellas intentan la aproximación al hombre y sus problemas. La ciencia en cambio parte de los problemas más inmediatos del hombre para finalizar planteándose problemas globales. La frase de Plank de que para el creyente Dios está al principio de las cosas, mientras que para el científico está al final, es sumamente ilustrativa. Desde una perspectiva lógica, en un algoritmo se comienza con el mínimo error y conforme se van incrementando las operaciones se va aumentando la cantidad de error. De este modo la percepción de Dios por medio de la religión sería mucho mejor que la percepción del hombre debido a la cercanía del concepto dios al principio de los procesos racionales o algoritmos religiosos, mientras que la percepción que la ciencia obtiene del hombre sería mucho mejor que la que obtiene de cualquier tipo de estructura o sistema superior, o quizás de dios si es que ambos fueran lo mismo.

Son muchos miles de años, muchas generaciones y hombres incorporando en sus sistemas biológicos intuiciones y creencias religiosas, como para no encontrar claves humanas, y quizás más que humanas en esta manifestación.

Los fantasmas de la gravedad

Maurice era un anciano y retirado guia de montaña que vivía en un pueblecito de los Alpes. En verano monsieur Rodriguez vecino de origen español -tio de mi esposa, por cierto- solía verlo todas las tardes sentado en el portal de su casa rústica mirando al Mont Blanc. Curioso un día Antonio -que así es su nombre- le pregunto cómo era posible que después de toda una vida dedicada a la montaña, una vez llegado al merecido retiro, mirará con tanta añoranza a las cumbres. El señor Maurice le respondió que la montaña era una droga, que sabes que te va a matar, pero tu no piensas más que en volver a ella.

Un médico español, cuyo nombre no recuerdo, especialista en tratar congelaciones, y con gran experiencia, refería casos de alpinistas que sufren amputaciones: "
psicologicamente reciben un golpe muy duro cuando se les explica lo que ha de hacerse con ellos. Sin embargo en pocos dias reponen su estado de ánimo y en el mismo hospital llegan a colocar en la cabecera de su cama la foto de la montaña causante de sus males".

La montaña es dura, pero es inconcebiblemente dificultosa aquella de altura superior a 8.000 metros. El famoso K2 se ha quedado con la vida de la mitad de los alpinistas que lo han intentado conquistar. Si en una cámara de despresurización introducen a una persona y la someten subitamente al cambio desde la presión a nivel del mar hasta la natural existente a la altura referida, tarda dos minutos en desmayarse. Pero además frios polares, vientos violentos, cambios impredecibles y súbitos de las condiciones atmosféricas son algunos de los habituales peligros de estos paisajes. En ellos hombres que me atrevería a tildar de titánicos dejan su vida convirtiendo sus cuerpos en rígidos bloques congelados. ¿Por qué? ¿Qué tiene de fascinante subir cada vez más alto a pesar de las dificultades que la naturaleza nos opone? Permítanme además una pregunta sobre una figura poética: ¿Por qué los pájaros son libres?

En una de las películas documentales sobre la geología de la Tierra encontré un dia una posible clave: para finalizar ofrecía en la penultima secuencia una visión de las cumbres heladas de alguna cordillera, pero la última escena era una visión de la Tierra desde el espacio. Inmediatamente debajo del cielo están las montañas.

Las montañas en muchos casos han sido escenarios para la mitologia. Moises recibe los mandamientos en el monte Sinaí en el que entra en contacto con Dios. El monte Ararat -fastuosa montaña de 6000 metros de altura que nace cercano al mar- es el escenario en el que se posa el arca de Noe. Los dioses griegos residen en el monte Olimpo, una cima de unos 3.000 metros de altura situada entre Macedonia y Tesalia. Incluso Jesus muere crucificado en un monte -de los olivos-.

Son frecuentes en los cinco continentes las montañas sagradas, pero mucho más abundantes son aquellos lugares montañosos objeto de peregrinación y culto en los que en muchos casos se construyen templos. Los lugares montañosos son, según todos los indicios, escenarios más frecuentes de culto que los llanos.

Es cierto que el interés intelectual y activo en la exploración y conquista de nuevos territorios no se manifiesta solamente en las alturas. La historia del hombre en particular y de los sres vivos en general muestra una tendencia a colonizar todos los ambientes. En el caso concreto del hombre del mismo modo que hay alpinistas también hay espeleólogos interesados en el conocimiento y exploración de las grutas y cavernas subterráneas. Las montañas sagradas no tienen por qué ser las más altas, aunque si que pueden haber servido en muchos casos como refugios históricos de los antepasados. Sin embargo no creo que haya otro lugar con tantas connotaciones maravillosas e incluso místicas como lo que existe lejano e inalcanzable por encima de nuestras cabezas y como aquellos seres que puedan habitar allí.

En la religión griega, y en la cristiana, por ejemplo se plantea una dualidad entre arriba y abajo. Arriba se encuentra lo positivo y abajo lo negativo. Los dioses griegos se encuentran arriba en el Olimpo y los infiernos se encuentran abajo, en los avernos. La gloria cristiana se representa en el cielo, y el infierno si está en algún lado es en las profundidades de la Tierra.

Además la potencialidad de vencer a las alturas es patrimonio de las divinidades y hombres santos, incluso depende de la "categoría" del personaje su capacidad de vencer a la gravedad. Jesucristo asciende a los cielos por sí mismo, como Hijo de Dios, pero la Virgen es asumida por Dios al cielo. La Virgen no tiene capacidad por sí misma de vencer la gravedad. En la mitología romana Rómulo -fundador de Roma junto con Remo- fue elevado a los cielos a los 37 años de reinado para formar parte de los dioses inmortales. Los santos hombres llegan a levitar como prueba de las maravillas a las que conduce la santidad. Las almas se elevan hacia el cielo y un hombre elevado es un hombre ejemplar. La potencia de vencer a la gravedad es maravillosa, divina.

La carrera espacial

El desarrollo tecnológico permitió que comenzara la carrera espacial entre las grandes potencias. La carrera espacial parecía un escenario digno para la competición tecnológica entre dos países que insertos en una guerra fría debían prepararse para una posible guerra armada, pero que a la vez no podían enfrentarse directamente porque ambos poseían arsenal nuclear. Fueron los antiguos soviéticos los primeros que el 4 de Octubre de 1957 pusieron un satélite, de 58 cm de diámetro y 83,6 kilos de peso, en órbita. Lejos de ignorar la actitud soviética, los americanos se pusieron inmediatamente a competir en este campo. La carrera espacial ha sido un modo no cruento de desarrollar tecnología, sin necesidad de estar en estado de guerra. Sin embargo no es menos cierto que existen satélites militares espías y que también se ha intentado llevar las armas al espacio por medio del proyecto americano denominado "la guerra de las galaxias", proyecto que seguramente, al menos en parte sigue adelante. Dos son los cerebros que, cada uno en su país, recogen el mérito histórico de ser los promotores del acceso al espacio exterior por las superpotencias, Serguei Paulovich Koroliov (1908-1966) y Werner von Braun (1912-1977). ¿Por qué razones las naciones se lanzaron a la carrera espacial?, probablemente sea un grupo numeroso de razones, entre ellas la lucha por el poder y la tecnología, la guerra fría existente en aquella época, pero también un sueño romántico: llegar a otras estrellas y planetas. En palabras de Serguei Paulovich Koroliov: "
Los satélites artificiales terrestres soviéticos nos han proporcionado un seguro puente entre la Tierra y el espacio exterior. ¡El camino a las estrellas ha sido abierto! ". En la actualidad otras naciones acompañan a americanos y rusos en la inmersión en el campo espacial. Así la República Popular de China, el Japón y la Agencia Europea del Espacio, de la que forma parte España, investigan en este campo y realizan lanzamientos.

Pero ¿por qué este comportamiento de la humanidad?, ¿Por qué no se abandona esta tecnología de gasto desorbitado y se da el dinero a las naciones pobres del mundo para solucionar sus problemas? ¿No sería lo lógico? ¿Entonces es ilógico lo que estamos haciendo?

La razón de la sinrazón...

Sin embargo hay otra respuesta, simplemente nosotros hacemos cosas ilógicas sin darnos cuenta, escondidas bajo pretextos de lucha, guerra y desarrollo tecnológico. Pero a la vez vamos cumpliendo etapas que pueden permitir que el sistema superior lleve su semilla biológica a otros planetas, y que su estirpe pueda escapar de la muerte segura en manos de una abrasadora estrella moribunda. En este caso la ilógica del hombre puede ser la lógica de la vida.

El presuntuoso hombre, dominador y cúspide de la naturaleza, convertido en actor involuntario de un comportamiento del sistema superior, convencido de que actúa por competitividad económica, tecnológica y guerrera, sin embargo podría ser una especie de pelele en manos del sistema superior, como ese mensajero perfecto, que ignorante, transporta información que le han introducido en las maletas los servicios secretos.

Tenemos inteligencia para resolver problemas, pero también las especies no inteligentes tienen menos problemas, por lo que no les es necesaria la inteligencia. Ya dijo Ortega que el hombre es un animal con problemas, y todos sabemos que cuando no los tenemos nos los buscamos. Todos los demás seres vivos a los que tenemos acceso no son inteligentes y cumplen con todas las propiedades generales de los seres vivos, nacen, se relacionan, crecen, se reproducen y mueren, y desde luego nuestra inteligencia no nos ha liberado de éstas servidumbres, ni siquiera nos garantiza que no nos extinguiremos, más bien nos amenaza con las armas nucleares, químicas, bacteriológicas y otras "finezas" fruto de nuestra inteligencia.

Podríamos pensar que la inteligencia sirve para encontrar la felicidad, pero es más probable que sirva para buscarla que para encontrarla. El hombre funciona mediante insatisfacciones o sensaciones de carencia, como por ejemplo el hambre, que desaparecen cuando se cumple con una función -comer- que responde a una necesidad vital -obtener energía-, pero después de comer caso de haber obtenido un rato de felicidad, ésta dura poco pues siguiendo los ciclos del cuerpo pronto volverá a tener hambre. Incluso con la costumbre la corta sensación de felicidad al comer desaparece, pues no se aprecia lo que se tiene. En mi opinión si fuéramos siempre felices no necesitaríamos nada y por tanto no haríamos nada. De este modo los mecanismos de insatisfacción garantizan que los seres vivos nos movamos para eliminar las sensaciones desagradables que nos producen junto a la carencia que delatan. Fue Charles Chaplin quien dijo: "
La vida no es significado; la vida es deseo".

La especie humana funciona según los parámetros de metabolismo y reproducción comunes a todas las especies biológicas. En el hombre el poder y el sexo parecen ser dos exponentes que mueven a las sociedades. En las fiestas de los pueblos y ciudades siempre surge la figura de la reina de las fiestas y la del alcalde. La primera con los atributos femeninos de carácter sexual, como ser la más bella, y el segundo como representante del poder. El poder garantiza el acceso a los recursos necesarios para la supervivencia y el sexo garantiza la pervivencia de la vida. La inteligencia no es más que una herramienta para cumplir con nuestros instintos, la utilizamos para mejorar nuestra alimentación, nuestra vivienda o nuestros escarceos sexuales, pero por lo general no la usamos para ir en contra de nuestros propios intereses.

Nuestra pretendida superioridad se deriva de juzgar a las demás especies según nuestras características. Es como si un elefante nos despreciara a los humanos por no tener trompa, pero ¿para qué la queremos? Esto no deja de ser una visión antropocéntrica de nuestro entorno. Tendemos a ejercer una especie de visión imperialista de la naturaleza.