PATRONES DE CONDUCTA
Arnoldo Águila
(www.arnoldoaguila.com)
Miami, USA, 2003

No hace mucho reflexionaba sobre la existencia en mi mente de ciertas directrices que tienden a normar mi conducta, mi respuesta ante las realidades que afronto, de modo similar a como las subrutinas en los programas de computadoras procesan una parte definida del problema que se está resolviendo.

En mi persona esas directrices provienen en su mayor parte de frases o refranes famosos, de situaciones o personajes históricos, recibidos todos ellos de libros o de personas que leyeron esos libros.

Aunque también se han formado en mí algunas directrices o patrones de conducta por la observación directa de las conductas o por las lecciones de viva voz de las personas circundantes.

Existen dos tipos de patrones de conducta que quiero diferenciar.

El primero es el que exige el grupo social que me rodea, cuya infracción conlleva algún tipo de respuesta negativa del entorno. Llamémoslo
patrón forzado de conducta.

El segundo es un patrón que sigo, quizás con la esperanza de recibir el aplauso público, pero que en primer término me satisface a mí. Llamémoslo
patrón electivo de conducta.

El receptor en nuestra mente de ambos patrones es el mismo, el superego, que ejerce su acción restrictiva sobre el subconsciente, y el ego, pero las emociones adjuntas a ambos tipos de patrones son diferentes. Por regla general, la emoción asociada con el patrón forzado de conducta es el miedo, y la emociones asociada con el patrón electivo es la alegría interiorizada en sus cuatro versiones, la mística, la narcisista, la de sentirse potente y la de conquista.

Esto equivale a afirmar que los animales pueden manifestar el patrón forzado de conducta, y que el patrón electivo es mas bien propio de los seres humanos.

También implica que en las sociedades donde el patrón forzado de conducta es enorme, los individuos se animalizan, y viciversa.

¿Qué es la mente de un individuo?

En el individuo existen dos factores: su historia y su actualidad.

El individuo es su historia hasta un momento dado. Su actualidad es el estado de su mente y de su estado físico en el instante considerado.

La resolución de la actualidad o decisión del ego, se incorpora a la historia individual modificándola.

El ego es el receptor de la actualidad, es el yo inmediato del cual estamos conscientes y al cual fluyen el inconsciente y el superego. Esta división no es en modo de límites fijos, sino al contrario, totalmente fluidos. Esto significa que contenidos del ego y del superego se subconcientizan, y de esa forma el inconsciente no sólo está formado de información física actual, sino de la historia del individuo, y de sus patrones.

El ego, bajo la presión de la información actual, del entorno y de su cuerpo, del superego y del subconsciente, tanto en sus aspectos actuales e históricos, decide.

¿Cuántas decisiones se toman por el estado químico, hormonal de nuestro cuerpo?

¿Cuántas decisiones no se toman bajo la presión del superego, presión aprendida de un patrón forzado de conducta, por ejemplo, "no robarás".

¿Cuántas decisiones no se toman bajo el imperio de "lo que se debe hacer" y las razones de momento no aparecen muy claras, nadie nos fuerza y a veces ni sabemos con claridad cuando nació ese patrón de conducta en nosotros?

¿Cuántas decisiones no se toman porque ya antes se tomaron decisiones similares?

A medida que tenemos mucha historia detrás de nosotros, la actualidad tiene cada vez menos posibilidad creativa y hay menos libertad para decidir y es por ello que el mayor proceso de formación del individuo ocurre a edades tempranas. Las sociedades modernas no valoran adecuadamente este hecho y no proporcionan a los niños y a los jóvenes suficiente material educativo que estimule la formación de variados y ricos patrones libres de conducta cuando esta formación es de mayor amplitud.

Soy bastante respetuoso de los patrones forzados de conducta, tanto por ser sensible (entiéndase miedoso) de la represión social, como por haber interiorizado en el superego los principios básicos del tipo de convivencia social que me tocó en suerte. Y con respecto a mis patrones libres o propios, procederé a exponerlos en cierto orden de importancia, aunque sin deseos de exactitud imposible.

Comenzaré diciendo que la primera frase que manipula mi conducta es original de Sócrates cuando dijo:

"Sólo sé que no sé nada."

Y es verdad que aunque siempre he sido un estudioso heterodoxo, autodidacta y compulsivo, y que si comparo el volumen de información que manejo con el de muchos coterráneos, ronda la proporción entre el elefante y la hormiga, nunca y esto sí lo digo con orgullo desmedido, los humos han logrado cegarme para impedirme comprender de a corazón abierto mi abismal ignorancia. Una frase, que no sé si mía o recordada, uso para parafrasear el dicho anterior. "Las bibliotecas del mundo están abarrotadas con mi ignorancia."

Otra cosa que me ayuda a mantenerme desinflado es que todos brillamos tras diferentes facetas: quien brilla en matemáticas es zurdo en poesía, quien es diestro en sicología, es siniestro en física y así en sus variedades. Aunque una imagen que me marcó también desde el inicio fue el conocer el universalismo de Leonardo Da Vinci, arquetipo que me impulso a ser ambidiestro en el pensamiento, a amar la Geometría de Euclides y el álgebra, y también a aprender de memoria capítulos enteros de "La Vida es Sueño", de tanto gustarme.

Y para rematar, si soy fuerte en el pensamiento abstracto, es que nací con esa disposición y lo que debo hacer es aprovecharla: otros nacen con disposiciones que no tengo: en conclusión, siempre admiro en cada cual la parte en que descuella sin envidia alguna y sin ceguera a la valía ajena. Y lo más digno de pleitesía es cuando se suple la deficiencia propia con la perseverancia y el trabajo intenso.

Relacionado con el dicho socrático, un libro de Descartes leído en mi más que fructífera adolescencia, y más que el libro, el principio de "la duda metódica", se convirtió en el molino con el que siempre cuestiono todo lo que todo el mundo da por sentado y que impide que mi cabeza se llene de lugares comunes al mantenerla enhiesta como un templo repleto de ideas excepcionales, la mayoría ajenas, y lo que es muchísimo más importante, este principio me impidió ser fanático de nada y fomentó mi actitud anti-ortodoxa, rebeldía que me impulsó a leer obras prohibidas opuestas al entorno circundante, socialistas o comunistas cuando el ambiente era capitalista, y anticomunistas cuando el rojo cegaba las calles de mi patria.

No todos los libros fueron buenos. Puedo mencionar el libro de Reclus "Evolución y Revolución" que me empujó a aceptar la Revolución social como algo bueno e inevitable, cuando luego la vida me enseñó que es todo lo contrario.

Mi relativismo filosófico no fue en modo alguno nacido del relativismo einsteniano, aunque éste le diera un fundamento sólido, sino que fue expresado de modo perfecto en una estrofa de Campoamor:

En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira,
todo es según el color
del cristal con que se mira.

Estos tres principios, el reconocimiento de la ignorancia propia, la duda metódica de todo lo que todo el mundo da por sentado, incluso uno mismo, con la rebeldía que implica, y la subjetividad de todo juicio, son tres principios que me definieron como ser modesto, sin vanidades, como hereje profesional con vocación escéptica.

Y esta tríada que me formó de joven concluye como llama fundamental de la filosofía que cuaja en mi madurez actual, de la Filosofía Concreta, Relacional, Relativista y Antropológica que creé y profeso.

El apotegma de Heráclito "Todo es y no es al mismo tiempo, todo deviene.", ya en el plano ontológico "objetivo", definió mi pensamiento durante muchos años sobre la realidad circundante, concretado con posterioridad con el aforismo hegeliano-marxista "La unidad y lucha de contrarios", que convertí en la llave maestra que yo creía abría todos los candados. Este sentir dialéctico revertido hacia adentro se concretó en una frase de Krishnamurti que hice mi credo "La revolución de instante en instante"; es decir, la transformación continua de uno mismo.

Sin embargo, varias historias de la Biblia, aprendidas desde la infancia, ejercieron una influencia mayor en mi carácter y en mi conducta, en la moral, como la anécdota de Jesús de Nazareno, cuando le cuestionan la aplicación de la lapidación a una adúltera y la famosa frase "Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado".

Esto me marcó decisivamente, porque nunca me sentí juez de nadie y rechazé de plano a esos equivocados que se creen Dioses del Olimpo predestinados a ser el látigo de todos los que le rodean, sin tener en cuenta de que "El que a hierro mata, a hierro muere".

Otra historia que me formó fue el consejo de Dios, creo que a David, sobre cómo escoger los soldados para una batalla, de que observara y eligiera a aquellos que desde el caballo se inclinaran para tomar tan solo unos sorbos de agua, y desechara a los prolijos que se abastecían para esta vida y la que viene. Esta anécdota siempre me ha ayudado a no escudarme en un inventario de todo lo que es "necesario" antes de emprender la tarea que haya que realizar, por ejemplo, me facilitó el marcharme de mi casa en dos ocasiones, en sentido contrario las dos: la primera, para abrazar la causa comunista como "hijo de la revolución o de la patria"; y la segunda, para asilarme en la tierra que tantos exilios cubanos conoce desde que Cuba era una colonia española.

De adolescente, y de antes, leí la vida de muchos hombres que han sido célebres, y estoy absolutamente convencido de que esto debiera ser una asignatura de estudio de los jóvenes, pues la imitación, que hemos heredado de nuestros antecesores, es la mejor forma de criar buenos ciudadanos. La vida de Arquímedes y de Edison a mí me influyeron notablemente. El "Eureka" de un Arquímedes saliendo desnudo a la calle cuando descubrió el principio que lleva su nombre y que permite que cuerpos mas pesados que el agua floten, me sirvió para justificarme a mí mismo los efectos colaterales de la concentración: una vez en una casa de huéspedes salí a la sala en calzoncillos y camiseta, porque se me había olvidado vestirme, y en otra ocasión notable, dejé a mi hijo olvidado en una tienda de comestibles (sic). Y aunque Arquímedes tiene una frase que ha pasado a la historia de las frases célebres, "Dame un punto de apoyo y moveré al mundo", lo que más me llamó la atención de él fue la forma en que murió, cuando ejércitos enemigos tomaron Siracusa, la ciudad que él había defendido, y un soldado lo mata porque el sabio no le hizo caso mientras resolvía sobre la arena un problema de trigonometría. Quizás por ello odie la institución militar. Pienso que el ejército es la copia más perfecta que puede hacer el ser humano de la estructura de un hormiguero y es lo más antihumano que puede haber, pues convierte a la maravillosa persona en menos que una pieza de ajedrez, inerte a los designios de quien lo mueve y sacrifica. Por cierto, pienso que Cuba, siguiendo el ejemplo de Costa Rica, no debe tener ejército cuando el déspota sea defenestrado o fallezca.

A Edison siempre lo admiré por su laboriosidad e inteligencia, y a Tesla por el misterio místico de sus innovaciones. La escena en Menlo Park de cuando Edison inventó el fonógrafo y puso a cantar a algunos de sus trabajadores frente al aparato y luego, ante el asombro de todos, reprodujo la canción, me atrajo de modo indeleble y me hizo, años mas tarde, inventar cosas para asombrar a los demás de modo similar.

He de reconocer que un sopapo a tiempo equivale a una victoria.

Mi madre, quien me tuvo que educar y llevar adelante por sí sola, no fue una madre que me pegara mucho. Tampoco yo le di mucho trabajo, según cuenta. Sólo recuerdo que me pegaba cuando chiquito porque me iba a jugar donde había mucho polvo y yo me enfermaba mucho de los bronquios.

Pero hubo un sopapo que imprimió en mi alma la discreción, el ser discreto. Creo incluso que puedo ir a Guinnes para establecer un récord en ese sentido.

El hecho sonoro sucedió en una casa de huéspedes donde vivíamos mi mamá y yo. Yo tendría como doce años. En la casa vivía una muchacha que trabajaba en la misma, quizás de unos dieciséis años. Yo paso por donde ella dormía y creo que la oigo a ella quejándose. Me acerqué y la veo que está en la cama y le veo manchada de negro la boca. No me acuerdo si cruzamos alguna palabra, pero sí me acuerdo que fui a ver a mi tía, que era la dueña de la casa de huéspedes, y le expuse mi preocupación. Ella fue a verla y resultó que la muchacha estaba intentando suicidarse y había bebido una botella de tinta rápida.

En la casa había unos cuantos estudiantes de medicina y la salvaron sin mayores problemas. Viene un amiguito mío a visitarme y mi mamá me llama y me pide que no cuente lo ocurrido. Le digo que sí y casi delante de ella le empiezo a contar a mi amiguito lo que había ocurrido.

Mi mamá, al parecer nada alegre, me llama y me da el galletazo, un sopapo verdaderamente instructivo, y me acuerdo como si fuera ahora de lo que pensé en ese momento: "Tiene toda la razón."

Yo estaba asombrado de lo que yo había hecho. ¿Cómo era posible que me acabaran de decir algo e inmediatamente yo estuviera echándolo por la borda.

No miento ni exagero que esa lección no la olvidé jamás y ese sopapo introdujo en mí la virtud de la discreción, y sobre todo, la virtud de autocontrolarme, de vigilar mis propios actos con mas celo.

Una frase de un escritor, título de una carta, de un eximio representante del naturalismo literario, Emilio Zola, y la actitud moral y cívica detrás de esa frase, marcaron mucho mi existencia. Me refiero al "Yo Acuso" de su carta, denuncia que lo llevó a estar en contra de todos por una cuestión de principio. Muchas cartas he hecho en mi vida que me han traído muchos problemas y que han sido inspiradas en esa influencia temprana en mi vida de la valentía moral de ese escritor. ¡Qué contrapunto más lastimoso con la postura de un escritor actual, eximio representante del realismo mágico, Gabriel García Marquez, que no sabe escribir un "Yo Acuso" contra un tirano embarrado en sangre y encaramado sobre una montaña de opresión y vejaciones!

Un versito de Unamuno me influyó también no sólo en mi expresión, sobre todo en la literaria, sino en mi intención perenne de profundizar y dice así: "Mira amigo, / cuando libres al mundo tu pensamiento / cuida que sea ante todo / denso, denso."

Trabajando en el Ministerio de Comercio Interior asistí a una charla del ministro en aquel entonces, Manuel Luzardo, comunista de la vieja guardia, del Partido Socialista Popular, y en esa charla hubo una frase que no sé si es de él o de dónde él la tomó que decía "Lo que se empieza, debe terminarse oportunamente", y desde aquel entonces, yo andaba por la veintena, he tratado de no empezar nada, sino lo iba a terminar, y si lo empezaba trataba en lo que fuera posible de terminarlo. No es bueno dejar las cosas a medias. Y sobre todo, se debe terminar cuando corresponde hacerlo, como ahora mismo hago.

No sé si uno ya es o tiende a ser lo que la frase o anécdota que lo impacta expresa, no sé si va la carreta delante de los bueyes o los bueyes van delante, pero sí se que las frases o anécdotas recordadas una y otra vez actúan como fragua donde se forja el alma propia y por ello debemos cuidarlas y hacer que las nuevas generaciones las reciban apropiadamente.

Nunca he entendido la manera en la que no se educa, en la que por ejemplo se enseñan reglas gramaticales y ortográficas y los graduados no saben ni leer ni hablar ni escribir correctamente. Ni por qué no se enseñan asignaturas de convivencia, de matrimonio, de cuidar niños, ancianos, desvalidos, ni se estudian vidas ejemplarizantes del mundo entero en todos los campos, cientificos, artistas, patriotas, religiosos, etc. Conocer todas las religiones y creencias filosóficas es más importante que conocer historia antigua. Una asignatura que estudie la mayor parte de los dichos del mundo enseña mas programación propia que cualquier asignatura técnica. Es decir, la educación debe ser preparar para la vida en su totalidad, no sólo en el aspecto técnico.

No todo se aprende, hay cosas que uno no descubre de dónde las tomó.

Siempre he respetado la individualidad de todos los que me rodean, su independencia y derecho de ser a su manera. Nunca he sentido el impulso de imponerle nada a nadie.

No sé qué me inspiró esa actitud.

Muchos años más tarde descubrí una idea de Martí, que no había leído nunca antes, y que refleja esa cualidad y que de memoria cito: "No recibo ni impongo ley al mundo."

¿Qué dichos, personajes o anécdotas te han formado a tí?

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