Reflexiones sobre verdad y realidad
Mario Saquel O.
(www.saquel.com)
Santiago, Chile, 2001





En el verano de 1925 Werner Heisenberg publica su célebre libro sobre la mecánica cuántica y logra determinar que respecto de las partículas de materia, aún cuando tienen una masa y una velocidad no es posible conocer ambas al mismo tiempo. Podemos conocer la velocidad de una partícula pero será imposible saber su posición exacta en un instante o, determinada su posición, será imposible llegar a conocer su velocidad. Estos elementos se comportan como ondas los Lunes, Miércoles y Jueves y como partículas los Martes, Viernes y Sábado. Si q es el valor que se fija a la posición de un electrón y p el que se le otorga a su impulso, resulta que q x p no es igual a p x q. Con lo anterior Heisenberg logró demostrar que, en cualquier experimento sobre los fenómenos físicos, toda determinación de las magnitudes se encuentra ligada a una imprecisión y a una incertidumbre inherente a la medición.



Como para predecir la posición futura de una partícula es necesario conocer tanto la posición inicial como la velocidad inicial, el principio de incertidumbre impide predecir de manera precisa el futuro desde el pasado, aun cuando se conozcan los valores de todas las leyes de la física.



Como colorario Heisenberg decía: "Es menester liberarse de las imágenes descriptivas y contentarse con símbolos métricos. Queriendo imaginar lo inimaginable, la Física se aventura en un dominio donde el control de la observación es impotente para seguirla".



En 1975 Benoit Mendelbrot formuló su teoría sobre “los objetos fractales” y planteó una curiosa pregunta que extrapolada a nuestras latitudes podría formularse así: ¿Cuánto mide la costa de Chile?.



Si consultamos varios manuales de geografía podremos observar que dicha pregunta tiene respuestas ligeramente diferentes y todas ellas podrían considerarse correctas. Chile continental tiene una costa de aproximadamente 4270 kilómetros. Mirando la costa chilena desde una nave espacial que orbita la tierra lo más probable es que esa medición pueda acercarse bastante a la mencionada cifra. s si tomásemos un mapa de Chile y fuésemos midiendo cuidadosamente con un hilo el contorno de la accidentada costa chilena, con sorpresa comprobaríamos que el primer cálculo se ha quedado corto en varias decenas de kilómetros. Si repitiésemos la operación con cartas marítimas de gran escala (de mayor detalle), el error ya no sería de decenas sino tal vez cientos de Kilómetros. Y por último, si pudiésemos ir de a pié midiendo el contorno de la costa con un hilo, la longitud total de éste, después de haber recorrido toda nuestra angosta faja de tierra continental y abarcando todos los contornos, nos llevaríamos una sorpresa mayúscula al comprobar que la diferencia con la primera medición podría llegar a ser de la magnitud de miles de kilómetros. ¿Y qué pasaría si la.medición la llevásemos hasta el límite de lo molecular?. La cifra llega hasta las fronteras de lo infinito.



Estos dos casos que he seleccionado dentro de muchos que pueblan la historia de las ciencias, son una muestra ínfima de lo que está ocurriendo en la ciencia hoy, en pleno siglo XXI. La realidad del mundo físico ha dejado de ser inmutable, estática, exacta y predecible, la realidad ya no es susceptible de ser entendida, compuesta y descompuesta como un relojero entiende, arma y desarma su máquina. El determinismo científico del siglo XIX y de inicios del XX se retira y abre paso a la incertidumbre, a la determinación por probabilidades, convirtiendo a las leyes de la física en postulados que se asemejan más a las leyes estadísticas.



Las teorías o leyes que emanan de las ciencias no tienen correspondencia con la realidad desde el mismo momento en que somos incapaces de conocer con exactitud dicha realidad, ello debido a la perturbación que inevitablemente todo observador introduce en el mundo observado. Sujeto y objeto del conocimiento no se encuentran jamás en estados puros o exentos de trastornos y variaciones que recíprocamente intercambian.



La ciencia ha llegado a convertirse en un depósito de conocimientos cada vez más frágil y vulnerable desde la perspectiva de las “teorías”; el conocimiento científico no es acumulativo como se decía hasta hace poco, hoy más bien se piensa en la ciencia como un balde de agua lleno de agujeros. Mientras echamos el agua en su interior, ésta se nos escapa dejando un vacío que volvemos a llenar, y así sucesiva y permanentemente. En definitiva el agua que hay en su interior en un instante no es toda ni la misma que había en el instante anterior.



La causalidad, principio de apoyo de la metodología científica, ha dejado de tener un sentido determinista. Desde Newton sabemos que los cuerpos caen atraídos por la fuerza de gravedad ejercida entre masas. Para ser rigurosos, lo único que realmente sabemos de la gravedad es que un cuerpo es atraído por otro con una fuerza que depende de su masa y de una constante universal, la gravedad. Podemos medir, cronometrar y describir la caída pero no podemos explicar el por qué de la caída. La gravedad es una idea de la ciencia, es un nombre otorgado a una ecuación. Lo que es la gravedad en sín no lo sabemos. El mismo Einstein estima que la gravitación no es una cosa en sí, puesto que para un sujeto que caiga en cda libre no se puede hablar de que exista un campo de gravitación a su alrededor. Si éste soltase un objeto durante la caída, dicho objeto permanecerá en estado de reposo respecto del otro.



El Profesor Víctor Nazar expresa que en esta materia es importante asumir vivamente el hecho que las ciencias son históricas, que se dan en relación con una cultura y una sociedad que también son históricas. Las ciencias no han surgido ni se han desarrollado en un vacío social sino que en una sociedad de la cual dependen y a la cual ayudan a transformar. Pero no solamente las ciencias transforman a la sociedad sino que esta última también ejerce una poderosa influencia sobre la ciencia. En un novedoso y refrescante estudio sobre esta problemática que hace Félix Schwartzmann en su reciente libro “Historia del Universo y Conciencia” expone: “Pero antes de entrar en otros aspectos de la incógnita ontológica a la que conduce la racionalidad de la ciencia, hay que recalcar esta paradoja. Acontece que al evidenciarse las limitaciones del campo de validez de las teorías, se avanza en el conocimiento de la naturaleza del saber exacto y, al mismo tiempo, se atisba algo más en lo que es el hombre en cuanto observador.



Efectivamente, la revolución de la mecánica cuántica así lo revela. Surgen a partir de ella, las antinomias que caracterizan los hechos propios del observar fenómenos y del observarse a sí mismo. No existe un mundo cuántico... afirma Niels Bohr-, solamente una cuántica descripción abstracta. Es erróneo pensar que la tarea de la física consiste en descubrir afuera cómo es la naturaleza. La física concierne a lo que nosotros podemos saber de la naturaleza”.



Esta toma de conciencia de las ciencias ha transformado profundamente el sentido de la búsqueda del mundo físico. El caos y sus rizos retroalimentadores hacen posible intuir lo que afirmaba Francis Thompson:



Todas las cosas... están enlazadas

de tal modo que no puedes agitar una flor

sin perturbar una estrella.



El filósofo indio J. Rrishnamurti describe la verdad de la siguiente manera: La verdad no es un punto fijo; no es estática; no puede ser medida con palabras; no es un concepto, una idea que pueda adquirirse. No se puede llegar a la verdad a través de la técnica o de la lógica. No es algo con lo que podamos estar de acuerdo o en desacuerdo. La verdad es lo que nos mantiene unidos; sin embargo, cada uno debe hallarla individualmente a partir de las condiciones de su propia y única vida. La verdad es, por el contrario, algo que se vive en el momento y que expresa nuestra vinculación individual con el todo. Así describen John Briggs y F. David Peat esta problemática en su libro “Seven Life Lessons of Chaos. Timeless Wisdom from the Science of Change”.



Ni aún las verdades colectivas, aquellas que son compartidas dentro de una sociedad en un momento determinado de su historia se acercan al concepto que, casi en forma caótica pero real, plantea J. Rrishnamurti. La suma de las verdades individuales da como resultado una verdad diferente pero no por ello acerca a ésta a la verdad absoluta. Es que hay muchas verdades y todas ellas coexisten.



No obstante lo anterior, nuestra cultura se niega a abandonar la imagen de la ciencia absolutamente determinista y utiliza el adjetivo de “científico” para describir todo aquello sobre lo cual no se quiere admitir contradicción. Los hechos “científicamente probados”, las “verdades científicas” y el carácter de “científico” que se le otorga a esto o a aquello ha venido a reemplazar sutilmente al pensamiento dogmático y a una intolerancia sin límites que se disfraza de riguroso discurso. De forma groseramente absurda hemos llegado a asumir que lo científico es sinónimo de exacto, irrebatible e, indesmentible. Se nos trata de imponer una nueva esclavitud basada en hechos que no debemos discutir por cuanto se les ha agregado el apelativo de “científico”. Se trata de poner peligrosamente en juego nuestra libertad y nuestra creatividad. Se trata de ejercer un despiadado poder sobre las mentes insultando y sometiendo al valor más precioso del hombre: su inteligencia.



El Arte de Van Gogh y el Doctor Gachet



Quizá no exista manera de aprehender la realidad ni de comprenderla a escala cósmica o microcósmica. Es posible que todos los esfuerzos por comprender la naturaleza (con el yo incluido en ella) se estrellen ante la impotencia de mirar el Universo, del cual somos una ínfima parte, como un mecanismo comprensible. Tal vez el único que conoce las ecuaciones que regulan la naturaleza y el espíritu sea Dios que, en mi particular concepción, en esta materia se encuentra más cerca de un artista que de un científico.



En los últimos días (Junio de 1890) del holandes Vincent Van Gogh, el pintor impresionista, éste hizo algunos retratos de su médico de cabecera, el Doctor Gachet (recordemos que Van Gogh estuvo internado en un establecimiento para enfermos mentales en Saint-Rémy antes de su trágico suicidio). En una carta de Van Gogh a su hermano Theo, éste le confidenciaba sobre Gachet: “En primer lugar, él estás enfermo de lo que estoy yo...”, decía Van Gogh.



Podemos observar uno de los dos retratos del Dr. Gachet[1] (el más famoso) pintado por Van Gogh y una fotografía de éste. La fotografía capta un instante, congela una imagen en el tiempo tornándose irreal, como irreal sería conocer una línea observando uno de los puntos que la conforman. La luz que captura es apenas una fracción de la escala cromática visible al ojo humano. n si pudiésemos acompañar a esa fotografía una serie de tomas con diferentes longitudes de onda (rayos X, Infrarrojo, o un scanner completo) sucedería que todas esas visiones de la realidad (Gachet) serían insuficientes para llegar a conocerlo en el sentido más amplio del término.

Foto Pintura

Posemos la mirada en el retrato de Gachet que hizo Van Gogh un mes antes de su suicidio; en esos trazos cortos se encuentra plasmado no solamente un instante sino una serie de momentos (una historia, muchos puntos de una línea) percibidos por la conciencia del pintor. La “locura” de Van Gogh y la presunta perturbación de Gachet se entremezclan. No es un instante sino toda una historia de relación entre ambos que es narrada magistralmente por el talento del pintor. Pareciera que Gachet mirara impotente el trágico destino de Van Gogh, hecho que ignoraba pero el pintor intuía.



El artista es libre; su libertad lo impulsa a la creatividad. La creatividad lo lleva trazo a trazo a lograr esa vinculación con el todo.



Ninguna ciencia podría acercarse más a la realidad, ninguna ley, fórmula o teoría podrán llegar a revelar de forma más humana y natural un complejo conjunto de causas y efectos formulados sólo con luz, color y oscuridad.



Lo científico ocupa un espacio mientras la verdad se encuentra en todas partes y en ninguna. No comprender lo anterior significa seguir subyugados por la utilización de estereotipos y caricaturas que tratan de convencernos de una realidad inexistente, hecha a la medida del subyugador. Este es un juego de poder alimentado por el ficticio y nocivo individualismo de nuestros tiempos que se expresa en una confabulación para que creamos que el poder nos otorgará seguridad y control. Esta especie de terrorismo cultural al que estamos siendo sometidos nos está llevando a un comportamiento uniforme, sometido y antinatural...



Existen poderosas fuerzas que pretenden elevar a la categoría de verdad absoluta valores como el individualismo y el poder, y para ello utilizan la palabra “verdad” y “realidad” con tal fuerza que no nos dejan el espacio necesario para reflexionar y componer nuestra propia pintura. La palabra verdad debe ser redefinida o todo discurso que la emplee carecerá de precisión.


Me atrevería a decir que la verdad es una experiencia humana de elevado rango cognoscitivo dentro de un número infinito de experiencias similares posibles, y que tiene por objeto representar la realidad. Cuando me refiero a un elevado rango cognoscitivo quiero decir que la verdad no es una mera opinión, es una explicación de lo real a la que le otorgamos valor por ser el resultado de un esfuerzo controlado, metódico y racional por aprehender la realidad. La "realidad existe aún cuando no haya ningún ser humano para observarla. La realidad es el presente y su historia (pero sin historiador).

Podemos pintar sin miedos nuestra propia realidad, lo más seguro es que ésta serás real que cualquier hecho o teoría científica, porque en esa pintura hallaremos la verdad más absoluta que cada uno podrá atesorar y hacer crecer. La tela la encontraremos en nuestras propias vidas y las pinturas necesarias en los actos espontáneos del diario vivir. Einstein decía que una teoría científica no se encuentra condicionada por los hechos de la naturaleza, sino que es una invención libre de la mente humana. En la medida que podamos conservar esa libertad podremos continuar creciendo.



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[1] El retrato del Doctor Gachet cuya reproducción se usa en este trabajo fue adquirido durante 1990 en US $ 82.500.000 por Ryoei Saito, un poderoso industrial japonés. Lo irónico del caso es que muy recientemente se ha dicho que Saito vendió la pintura años más tarde a la misma casa donde la adquirió (Christie's) en apenas la octava parte del precio pagado originalmente por el magnate. La pintura se encuentra hoy en manos de una colección privada.



[2] La Entropía es una cantidad física que mide el grado de desorden de un sistema. El desorden tiende a aumentar si el sistema no recurre a fuentes de energía adicionales que pueda usar para impedir el efecto.














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